He saboreado el vapor de la ducha y me he sumergido en su cálida nube, sin prisas, deleitándome con el resbalar de las gotas de agua tibia en mi piel que, lejos de refrescarme, han invadido de desasosiego mi interior. Impactada por el volcán que ha despertado en mí el agua, cepillo mi pelo ante el espejo, al que sonrío maliciosamente y salgo del baño haciendo notar mi presencia en el pasillo.
Te asomas a la puerta y siento tus ojos acariciantes fijos en mi cuerpo. Un azote de ardor inunda mi vientre y retrocedo sobre mis pasos dejando que veas mi desnudez disfrazada bajo de un suave y transparente pareo mientras me dirijo al salón.
Me sirvo una copa de vino y sentada espero que hayas entendido el mensaje. Me apetece jugar un rato. Paseo un dedo por el borde del cristal, pensando… Devoradora quizás… loba dispuesta a saltar sobre su presa, provocadora tal vez…, mimosa…
No tardas en aparecer con la sorpresa en tu rostro que, rápidamente cambia y expresa tu deseo mientras te acercas sin dejar de mirarme fijamente.
No quiero que te acerques y te empujo despacio manteniendo la distancia. Tu ceño se contrae y yo me regodeo divertida mientras te incito a hacerme un estriptis.
Tiras rápidamente a mis pies uno de tus zapatos. Ahora eres tú quien sonríe y te balanceas ante mí mientras retardas tus movimientos haciendo que cada prenda caiga mi alrededor tan lentamente que me entran ganas de saltar y arrancarte la ropa, pero me mantengo inmóvil. Contemplo tu piel rosada, tu pecho erguido al descubrirse ante mis ojos iluminados por el deseo e intento notar hasta tu olor, ese que me atrae y hace que pudiera sucumbir en este instante.
Vuelves a intentar tocarme. No te dejo y tu gesto protesta se hace notar, aunque expectante esperas y te dejas caer, sobre el frío suelo, completamente desnudo, a mi merced. Me acerco a ti, y allí, sobre el frío suelo juego contigo. Me buscas, te busco, nos encontramos, nos enlazamos intentando borrar una distancia inexistente en esa ansiedad apremiante que nos hace devorar pedazos de piel y fundirnos en el deseo furioso de apoderarnos de nuestros cuerpos que se dejan llevar hasta caer exhaustos.
Crees que has ganado la partida y me miras al levantarme del suelo tras recobrar el aliento. Te tiendo la mano la mano, sonrío y dándomela, de nuevo asombrado, pero sin protestar, me sigues.
Nive
